De la duda a la pregunta: cómo prepararla para un vidente

Casi nadie llega a una consulta con una pregunta. Llega con una preocupación que da vueltas. Convertir lo uno en lo otro lleva diez minutos y una hoja de papel.
Se nota enseguida en una consulta en directo quién ha pensado antes lo que quiere saber. La conversación arranca rápido, va a lo que importa y no se pierde media hora en contexto. Quien no lo ha pensado acaba contando su vida, y el vidente acaba devolviéndosela.
Primero, escribe la preocupación tal cual
Sin arreglarla. «No sé si sigo en este trabajo.» «Mi hermana y yo no nos hablamos desde el verano.» «Tengo la sensación de que algo va a cambiar y no sé qué.» Una frase o dos, como saldrían en una conversación con una amiga.
Leída en el papel, la preocupación ya ocupa menos.
Después, quita el sí o no
Las preguntas que se contestan con sí o no son las que peor funcionan en una lectura, porque convierten la sesión en una apuesta. «¿Me van a ascender?» admite dos respuestas y ninguna te sirve para nada si luego pasa lo contrario.
Cámbialas por preguntas que pidan explicación. Algunos ejemplos:
- «¿Me va a llamar?» pasa a ser «¿Qué me está costando aceptar de esta relación?».
- «¿Me irá bien si me mudo?» pasa a ser «¿Qué dejo atrás si me mudo y qué me llevo?».
- «¿Va a volver?» pasa a ser «¿Qué necesito yo ahora, vuelva o no vuelva?».
La segunda versión deja la decisión donde tiene que estar, en ti, y da para una conversación de verdad.
Saca a los demás de la pregunta
Otra costumbre: preguntar por lo que piensa o siente otra persona. Eso no lo sabe nadie más que esa persona, y una lectura que te lo asegure puede hacerte tomar decisiones sobre alguien a partir de una suposición. Pregunta por tu lado de la historia. Es el único que puedes mover.
Lo que no se pregunta
Hay temas que no deberían entrar en una consulta de videncia, por mucho que el vidente esté dispuesto. Un diagnóstico o un tratamiento. Si invertir o no un dinero. Un juicio, una herencia, unos papeles. Si dejar una medicación. Para eso hay profesionales que responden de lo que dicen, y quien te conteste a eso con seguridad está vendiendo algo que la videncia no tiene.
Dos o tres, no diez
Con dos o tres preguntas bien hechas hay de sobra para una sesión. Ordénalas de más a menos importante, porque el tiempo se acaba antes de lo que parece y la última se queda casi siempre en el aire.
Y apunta lo que te digan
Durante la consulta o justo al colgar. No para comprobar dentro de un año si acertó, aunque también, sino porque la memoria arregla las cosas a su manera: en una semana recordarás lo que querías oír. El papel recuerda lo que se dijo.
Todo esto, conviene repetirlo, es un juego serio pero un juego. Si la preocupación que has escrito en el primer paso te quita el sueño de verdad, la persona con quien hablarla no es un vidente.